
LA ESCUCHA EN SITUACIONES LÍMITES
Alejandro Rocamora Bonilla
Solamente hace unos meses que la Comunidad Valenciana sufrió los estragos de la DANA. En mi mente se agolpan las imágenes de las calles y casas inundadas, los coches flotando como si fueran barquitos de papel, y, sobre todo, las personas con las caras desencajadas limpiando el barro y suspirando por encontrar a su familiar desaparecido.
Al comenzar estas líneas aún resuenan en mis oídos y también en mi corazón los lamentos de esas personas. Una cosa podemos aprender de esa experiencia tan destructiva, y que queda reflejada en un pensamiento de Freud: “la ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tan eficaz como unas palabras bondadosas”. Esto se puso de manifiesto por los cientos de voluntarios que esos días ofrecieron su tiempo y su compañía a las personas afectadas. En esa situación se pudo comprobar, pues, que esa idea de Freud era cierta y que la escucha activa es un buen ungüento para las heridas de la mente. Hay que ayudar y sobre todo escuchar.
Situaciones límites
Son todas aquellas vivencias que se salen de lo usual y cotidiano y que conllevan una gran carga de angustia. Por su propia esencia es algo especialmente destructivo para el individuo o la familia. Por ejemplo: accidentes aéreos, inundaciones, terremotos, asesinatos en serie, atentados terroristas, muerte por suicidio, etc. Según algunos autores (Rubin Wainrib y Bloch, 2001)[1] estos acontecimientos, pues, a veces son producidos por la naturaleza y otras veces por el hombre y entre sus características diferenciadoras de la crisis, señalan las siguientes: es una experiencia compartida con otras personas, que casi siempre evoca la alarma pública, es un evento que provocan las figuras de “victimas”, “héroe”, “curiosos”, casi siempre amenaza la vida y el elemento de la decisión humana casi siempre se halla ausente, pues prácticamente siempre es imprevisto. También es cierto que pueden provocar una serie de reacciones psicológicas, entre las que se encuentran: temor, ansiedad, miedo, tristeza, rabia o agresividad, etc.
La escucha
Un psiquiatra famoso Carl Jung dijo, en cierta ocasión, que las personas recluidas en los manicomios, nunca tuvieron a nadie dispuesto a escuchar lo que tenían que contar. Afirmación que puede parecer exagerada, pero que nos indica la importancia que, desde la psiquiatra, siempre se ha dado a la necesidad de tener un interlocutor válido, que sepa acoger nuestros sentimientos (positivos y negativos) para poder crecer a partir de ellos.
Lo cierto es que escuchar bien no es nada fácil. Escuchar bien es una habilidad que implica ser capaces de captar no solamente las palabras y frases que nos transmiten, sino también el mensaje de que está impregnado. Metaescucha, llaman algunos autores, a esa capacidad de descifrar y leer entre líneas.
A veces confundimos oír con escuchar. Escuchar es algo más que prestar nuestros oídos ante las palabras del otro. Podemos estar oyendo lo que nos dicen, pero no saber lo que nos quieren transmitir. Un ejemplo entre mil: la esposa grita y se enfada porque el marido, que está viendo por TV un partido de fútbol, no presta atención a la última trastada de su hijo pequeño. Ella: “no me estás escuchando”. El: con gesto adusto, repite palabra por palabra la última frase. Ha oído, pero no ha escuchado…el mensaje de rabia, de cabreo y en última instancia la petición de ayuda de su mujer.
Escuchar bien, pues, es una tarea difícil, y a veces agotadora, pues obliga a atender a la persona en su totalidad: la letra y también “la música” de su discurso. Lo que nos dice explícitamente y lo que nos transmite en el fondo (rabia, miedo, esperanza, etc.). para ello debemos ser como una buena esponja: empaparnos del dolor ajeno, pero saber expulsarlo después. Nunca ante la comunicación de un conflicto podemos decir: “ese es tu problema”. Desde que nos hacemos receptores de él, desde ese momento, de alguna manera, también es nuestro problema. Saber escuchar, pues, implica saber aproximarse al otro, para sentir con él, pero después distanciarse para mantener nuestra autonomía y la del interlocutor.
Por otra parte, ser capaces de tener una actitud de “escucha activa”, exige que antes nos hayamos escuchados a nosotros mismos. No podemos escuchar a los demás si con anterioridad no hemos reflexionado y analizado nuestras propias posibilidades y límites.
La escucha en situaciones límites
El arte de escuchar se complica en las situaciones límites. Aquí es como si el dolor se multiplicara por todas las víctimas y familiares que viven ese sufrimiento, y además el sentimiento (la rabia, la impotencia, la culpa, etc.) surge a borbotones entre los supervivientes. El interlocutor se ve tan invadido por ese “gran dolor”, que a veces le cuesta poner una distancia saludable con las víctimas y familiares.
Entre las características de la escucha en situaciones límites, señalamos las siguientes:
- Primacía del contacto físico sobre la palabra: ante el llanto desgarrador de la madre que se ha enterado que su hijo ha fallecido en un atentado terrorista o los gritos de reproche del marido cuando le comunican la muerte de su mujer en un accidente aéreo solamente podemos dar un abrazo o un fuerte apretón de manos como transmitiendo nuestra solidaridad y nuestro dolor compartido. Aquí sobran las palabras, las explicaciones o el buscar culpables ante tanta tragedia. Estar ahí, con la persona que sufre, es la única manera que tenemos para mitigar su dolor.
- Primacía del “aquí y ahora”: en esos momentos de gran dolor no podemos tomar una actitud terapéutica rígida, como sería intentar descifrar el origen del sufrimiento, como lo hacemos cuando entrevistamos a una persona en nuestro despacho, tras pedir hora. Por esto nuestra preocupación se debe centrar en las necesidades tanto físicas como psíquicas de ese instante: ofrecer una tila o un café, buscar un analgésico para el dolor de cabeza o posibilitar la exteriorización de los sentimientos más negativos: rabia, culpa, etc. Todo ello en un clima de tolerancia máxima, siempre y cuando no exista ningún peligro para algunas de las víctimas. Sería un error intentar “psicologizar” esa situación buscando una explicación del sufrimiento o analizando el tipo de vinculación entre los familiares o su resolución del Edipo, por ejemplo. El sufrimiento está ahí y el ayudador está para contenerlo y en todo caso intentar canalizarlo, para que las consecuencias sean las mínimas. No olvidemos que las víctimas necesitan ayuda, pero eso no significa que sean enfermos mentales.
- Huir de los estereotipos: “esto pasará pronto”, “al parecer no sufrió”, etc. Cuando el dolor está a flor de piel estas palabras suenan a huecas y sin sentido, y en ocasiones se pueden vivir como un ataque.
- La importancia de la contención: entendida, no sólo como receptáculo del sufrimiento ajeno, sino como un medio para evitar la descompensación del sujeto o la caída al vacío; y esto se consigue, no con soluciones fáciles, sino con una actitud cálida, comprensiva y firme que provoque seguridad en el cliente. Pero, además, esa actitud contenedora no debe provocar la toma de decisiones aceleradas, que lo único que refleja es la inseguridad del ayudador. Como bien dice Tizón (1988)[2] “es el proceso mediante el cual podemos percibir la ansiedad (propia y ajena), notar que remueve en nosotros viejos conflictos, pero no pasar directamente a la acción”.
- La importancia del “nosotros”: en las situaciones límites se constata que cuanto más cohesionado esté el grupo menos perturbación producirá la tragedia. En estas situaciones una cosa es evidente: las razones sirven poco, lo que ayuda es la proximidad, la solidaridad, la transferencia positiva. Por esto es necesario crear un clima de comprensión, no de razones, para abortar la angustia. Debemos pasar de un tú, y un yo, a un nosotros, que potencie un clima de confianza y seguridad. Por esto podemos afirmar que toda conducta que favorezca la cohesión del grupo y fortalezca los valores de solidaridad y comprensión será una buena fórmula para paliar la angustia en estas situaciones. De ahí, la importancia de los voluntarios en la Dana. De alguna manera se escenificó que las personas afectadas no estaban solas y que la ayuda a retirar el barro era una forma de mitigar el gran sufrimiento.
- La crisis del ayudador: si verdaderamente queremos ayudar a una persona en una situación límite debemos conectar con su inseguridad y angustia desde nuestra propia inseguridad, olvidando nuestros dogmatismo y rigidez de criterios, y entrar en un proceso de cambio para que el otro también cambie.
- El encuadre no tiene límites espaciales ni temporales: nuestra ayuda en las situaciones límites no tiene ningún condicionamiento temporal (puede durar minutos, horas o días) y además se puede realizar en el hospital, en su domicilio o en cualquier otro lugar.
- La comunicación verbal debe ser breve: nuestras intervenciones serán cortas y concisas con mensajes claros. Y en algunos casos habrá que consignarlo en un papel (dirección del hospital, el número de urgencias, etc.) para evitar olvidos o confusión en la víctima.
Una utopía
La bondad, el cariño, la atención y la solidaridad son algunas de las “píldoras”, que, en cualquier circunstancia, pero mucho más en las situaciones límites, nos pueden facilitar un crecimiento psicológico adecuado y en otros casos evitarían que los manicomios estuvieran llenos. Bellamente también lo expresa Freud con el siguiente pensamiento: “al fin y al cabo hemos de comenzar a amar para no enfermar, y enfermaremos en cuanto una frustración nos impida amar”. De todos nosotros depende, pues, que esa utopía se haga realidad o no.