CONVIERTE TU MURO EN UN PELDAÑO
El “valor” de la adversidad
Alejandro Rocamora Bonilla
Estos dos conceptos, “valor” y “adversidad” parece que fueran contradictorios. Como si la adversidad no pudiera tener ningún aspecto positivo, ni tener ningún beneficio, y, sin embargo, en muchas ocasiones ambos van cogidos de la mano para favorecer el crecimiento psicológico de la persona. Todo dependerá de cómo vivamos la adversidad para concluir si es negativa o positiva.
Concepto
Adversidad del latín “adversitas”, es la cualidad del adverso. Se refiere a algo o alguien que resulta desfavorable, contrario o enemigo. Es decir, la adversidad es una situación, difícil de sobrellevar y que rompe el devenir de la vida cotidiana de un ser humano. En un sentido amplio, podemos considerar como adversidad, además de una situación desfavorable, todas las dificultades o problemas que surgen en la vida de una persona.
La adversidad, pues, está presente en nuestras vidas y es como la masa que empasta todos los acontecimientos. Así como no podemos concebir un empedrado sin cemento tampoco podemos pensar en una existencia sin adversidades. Es más, toda biografía está jalonada de conflictos que nos pueden ayudar a ser más felices. Incluso podríamos decir que las adversidades son necesarias para fraguar nuestra personalidad, como las olas y las tormentas marinas son precisas para formar a un buen marino.
La adversidad
El ser humano es débil y finito, pero es ahí donde radica todo su potencial para crecer. En la adversidad, en muchas ocasiones, es donde encontramos nuestra fuerza. Es evidente que no debemos canonizar el sufrimiento, pero una vez que se produce puede ser trampolín para nuestra calidad de vida, aunque también es cierto que nos puede hundir más en nuestra angustia. La fuerza de nuestra vulnerabilidad se encuentra en la capacidad para buscar el apoyo del otro y sentir su respaldo y acogida en la dificultad. Si fuéramos omnipotentes no necesitaríamos al otro, ni descubriríamos nuestras fortalezas ocultas.
La adversidad es como una fragua donde se moldean las emociones, las capacidades de cada uno y sus habilidades para seguir buscando la felicidad. Como el hierro que para ser adaptado a otra situación necesita el fuego de la fragua, así el ser humano a través de la adversidad puede desarrollar sus capacidades para crecer psicológicamente.
Cada una de nuestras biografías están sembradas de encrucijadas, de conflictos, de cambios y, por tanto, también de las resoluciones que hemos dado a esos momentos. De hecho, las personas mayores siempre cuentan su vida con relación a los acontecimientos de tensión que han sufrido (operaciones quirúrgicas, muertes, separaciones, etc.).
La adversidad: trauma y crisis
Desde el punto de vista psicológico podemos considerar dos vivencias, que para toda persona puede considerarse una adversidad: el trauma y las crisis.
El trauma es toda situación extraordinaria (un terremoto, un atentado terrorista, un accidente aéreo, etc.) compartida por varias personas, que produce una alarma pública y casi siempre es una amenaza para la vida. El trauma, pues, es una adversidad que supone la ruptura de la biografía del sujeto o de sus familiares.
La crisis psicológica también implica una nueva situación, pero de menor intensidad. Se puede definir de muchas maneras, pero existe una palabra que sintetiza todo el significado: desequilibrio entre un antes y un después. Una crisis siempre supone una inflexión en el contexto al que haga referencia. Es una amenaza de pérdida de las metas conseguidas que se presenta revestida de angustia. Se describen dos tipos: las crisis inevitables consustanciales al desarrollo humano (crisis del adolescente, crisis de la menopausia, crisis de la vejez, etc.) y las pérdidas (muertes, enfermedades graves, etc.) que son propias de las naturaleza humana y lo único que podemos hacer es conseguir las herramientas psicológicas necesarias para afrontarlas de forma saludable; las crisis evitables, por el contrario, son las que dependen del propio individuo: de su forma de afrontar la vida, de su actitud ante los acontecimientos cotidianos y de saber situarse ante la vida conociendo las posibilidades reales tanto psicológicas, como de inteligencia, incluso de las económicas, para no aspirar a menos de nuestras posibilidades pero tampoco a más. De esta manera conseguiremos que el desequilibrio no se produzca y que no aparezca la crisis.
El común denominador de todas esas vivencias es la pena o aflicción que acompaña al suceso. Será adecuada cuando se produzca una respuesta esperada en cuanto al nivel de angustia, su duración y la actitud ante sí mismo y ante el resto de los amigos y familiares, y sobre todo, que pasado un tiempo prudencial no sea obstáculo para seguir disfrutando de la propia existencia; será inadecuada, patológica, cuando la reacción es exagerada en intensidad, forma o tiempo.
“El valor” de la adversidad
Por definición la adversidad no es deseable, pero si aparece debemos sacar partido de ella. No me planteo defender a ultranza la adversidad, ni tampoco sacralizarla, sino más bien constatar que es consustancial a la existencia humana y que debemos aprender a posibilitar el desarrollo psicológico desde la propia angustia. He aquí algunos “valores” del desequilibrio, que, aunque puede ser abismo en el que caiga el sujeto, también tiene la fuerza de ser puente para el crecimiento personal:
- Potencia nuestra creatividad: Toda situación conflictiva potencia nuestra creatividad ya que nos impulsa a buscar otras soluciones y nuevas alternativas a la adversidad. Se dice que la necesidad agudiza el ingenio, y es cierto. En los contratiempos, sobre todo, es en donde conocemos todos nuestros recursos, para hacer uso de ellos.
- Posibilita el pedir ayuda: En la adversidad nos sentimos más vulnerables y más frágiles y no dudamos en tender la mano pidiendo ayuda. Es una forma de reconocer nuestras limitaciones y de descubrir nuestras verdaderas capacidades y recursos. Como dice un dicho popular: “Somos como bolsas de té; no conocemos nuestra verdadera fuerza hasta que estamos en agua caliente”.
- Abre otros caminos: " Si no hubiera perdido aquel empleo no habría conseguido este buen puesto de trabajo", me decía el otro día un familiar.
- Valorar lo que tenemos: Así lo manifiesta un proverbio griego: “No es bueno que todos nuestros deseos se satisfagan; a través de la enfermedad conocemos el valor de la salud; a través del mal conocemos el valor del bien; a través del hambre, el valor del alimento; a través del esfuerzo, el valor del descanso”. Es decir, así como la sequía nos provoca una valoración del agua, también la adversidad (la posibilidad de perder algo) nos conduce a apreciar en su justa medida lo que tenemos: salud, equilibrio emocional, estabilidad en la pareja, etc.
Adversidad y ayudador
El sufrimiento no es aconsejable, ni sano, pero una vez que se produce aporta al sujeto otro talante más solidario y comprensivo. Una persona que ha padecido tiene más posibilidades (si ha sabido metabolizar bien su propia adversidad) de ayudar a sus semejantes. Por este motivo siempre la "experiencia de sufrir", no simplemente de vivir, es un grado. Para poderse meter en los "zapatos del otro" (C. Roger) ¡es imprescindible haber calzado esos zapatos! Bellamente lo expone Jung al afirmar: "Sólo el doctor herido, sea médico o sacerdote, puede curar". Es desde nuestra propia experiencia de haber padecido una adversidad, bien elaborada y reconstruida, desde donde podemos tender una mano al otro, no con dogmatismos sino con el sabor de tolerancia y comprensión, que supone el haber sufrido antes.
Conclusión
La adversidad forma parte de nuestras vidas. Unos más que otros hemos pasado por la fragua del sufrimiento. Pero, lo importante no es la cuantía de las adversidades que hemos pasado, sino cómo las hemos combatido. Por esto, es un error la actitud de las personas que “presumen” de sus adversidades, como si fueran medallas que han conseguido en el campo de batalla de la vida.
Podríamos decir que existen dos formas de afrontar una adversidad: intentando modificarla o posibilitando que el sujeto modifique su actitud, para solucionarla. En muchas ocasiones, la primera opción es imposible (muerte de un familiar, diagnóstico mortal, etc.) y por lo tanto tendremos que esforzarnos para facilitar la forma más sana de elaborar la adversidad. Para conseguir esto debemos seguir el consejo del poeta: “Convierte tu muro en un peldaño” (Rilke).