Carta de una superviviente del suicidio de su hermano
Muchas personas que piensan en suicidarse creen que le hacen un favor a sus seres queridos, que pronto se olvidarán de ellos. Nada tiene que ver con la realidad.
Generosamente, una superviviente, nos ha escrito sobre cómo le ha afectado el suicidio de su hermano. Agradecemos que nos haya compartido sus sentimientos que este le ha generado, para que las personas que lean esto y estén pensando en suicidarse, puedan ver la realidad de las personas que se quedan.
Mi nombre es Patricia y perdí a mi querido hermano José el pasado 21 de octubre, hace ahora 3 semanas.
Mi hermano era 9 años mayor que yo, y ha sido uno de los referentes más importantes de mi vida. Ha despertado en mí una profunda admiración, de tantas de sus virtudes:
Inteligencia, fuerza de voluntad, perseverancia, sentido del humor, buen carácter, sentido del humor, buen carácter, sentido de la responsabilidad, y un largo etcétera que ocuparían hojas y hojas, pero se puede resumir en una frase: “una gran persona, de gran calidad humana y que no haría nada que pudiera dañar a los demás”.
Su carácter conciliador me llamaba la atención, porque yo soy “una olla express” a veces cuando me encuentro más triste, y él decía no entender esa reacción asociada entre tristeza y rabia ira hacia los demás. A veces le daba más ansiedad y llorera, y otras parecía estar desconectado de este mundo, con lentitud de pensamiento y de movimiento, como “un alma en pena” que está a tu lado, pero no está presente.
He olvidado decir como introducción que mi hermano sufría depresión mayor desde los 20 años aproximadamente, aunque ya desde niño él recordaba muchos momentos de melancolía que pensaba podían ser el indicio de la enfermedad que lo ha perseguido toda su vida la depresión endógena (sin motivo externo; como yo le decía a él, “miedo a la misma vida”, por el miedo a ese sufrimiento que en tantas ocasiones padecía sin razón aparente y un miedo al sufrimiento futuro infundado en algo aparente).
Desde los 15 años la vocación como profesor acompañó a mi hermano, y a esa edad empezó a dar clases en verano a familiares y niños del barrio. Era un magnífico profesor de Ciencias, y aunque estudió Bioquímica, terminó sacando sus oposiciones de secundaria para ejercer de profesor de Instituto de Física y Química.
Él se sabía buen profesor, los alumnos disfrutaban de sus asignaturas y él se volcaba en dar lo máximo en ello.
Aunque llevaba con tratamiento para la depresión más de 30 años (cuando tuvo 3 intentos de suicidio), había llevado una vida aparentemente normal y plena. Lo que más le llenaba era su trabajo, y necesitaba su rutina. Llevaba peor los fines de semana, si no tenía planes con gente (él vivía solo) y las vacaciones, porque tenía mucho tiempo para pensar y eso creo que le asustaba.
En los últimos 8 años el tratamientoo que hacía veintitantos años le había funcionado dejó de hacerlo y mi hermano empezó su calvario: la búsqueda de nuevas alternativas.
Como bioquímico estaba al tanto de todas las novedades, y todo lo probaba. Con el nacimiento de mi hija, coincidiendo también con que yo me había venido a Madrid a vivir, creo que se despertaron en él nuevas ilusiones; tenía aquí a su pequeña familia, a la que todas las semanas veía, normalmente los domingos, y creo que ese calor humano y la alegría de una niña que adoraba a su tío ayudó a que se sintiera mejor.
Pero ya en los 2 últimos años nada parecía ayudarle. Empezó con otros tratamientos, pero nada le funcionaba (hubo uno que le mejoró “milagrosamente” durante 3 meses). Yo a veces, le decía que tenía que tener paciencia, que tenía que buscar alternativas no solamente en la química, sino también en otras actividades que le fueran terapéuticas (meditación, baile, cante, tener una mascota…), pero a él lo que le ayudaba era el estar con gente, especialmente con sus amigos. Por supuesto también con mi familia, ya que adoraba a su pequeña sobrina, pero me decía que se sentía últimamente tan mal que ya no era capaz ni de disfrutarla.
No tenía capacidad de disfrutar de nada, y me decía que solo quería dormir, porque tenía sueños bonitos, y cuando se despertaba todo era una pesadilla.
Como ya no tenía la ansiedad con la que comenzó hace un par de años, por la que a veces me llamaba angustiado para que fuera a acompañarlo (yo creo ahora que por miedo a cometer algo de lo que pudiera arrepentirse), yo me había “relajado” un poco, y ya no le mandaba cada noche un mensaje. Ya no hablábamos diariamente, porque casi siempre cuando yo tenía más disponibilidad para hablar, era la hora de su siesta (de 2 horas) o ya estaba acostado por la noche (a veces antes de las 10h).
Yo seguía estando ahí, preocupada cada día por él, pero quizás con menos muestras por la falta de tiempo que a veces nos engulle. ¡Si yo llego a saber que eso era lo que necesitaba mi hermano! Mi tiempo. Porque mi amor creo que se lo demostraba y él no tendría ninguna duda.
No sé si se sintió una carga en los últimos meses, si pensó que yo ya estaba cansada de ayudarle, si al ver que después de tantos intentos por ocultar a mi madre que 30 años después seguía con depresión (mi madre se estaba empezando a dar cuenta unas dos semanas antes del fatídico día), cansado de disimular y sin fuerzas para seguir adelante, decidió terminar con todo, para dejar de sufrir. 2 días antes le había dicho a mi madre que nunca haría nada que le hiciera sufrir a ella, pero… ¿Qué podía hacer él con su sufrimiento? ¿Quién le ayudaba a él?
Los demás podríamos superar su pérdida, nuestra mente era mucho más fuerte y sana y seguiríamos adelante sin él; incluso con menos sufrimiento que viéndolo a él sufrir. No pudo pensar otra cosa, o su tratamiento nuevo (el litio) (con el que sólo llevaba 3 días) le jugó una mala pasada.
No entendemos qué pasó por su cabeza en esos momentos. Lo que sí sabemos es que ya no pudo más.
Y su ausencia deja un vacío en nuestras vidas indescriptible. El peor dolor que se pueda sentir, en una madre, unas hermanas y familiares que lo querían, que lo quieren, en unos amigos que tanto cariño le habían dado.
Y YA SIN HABLAR DEL DOLOR DE UNA MADRE, SIN PALABRAS (perder a un hijo debería estar prohibido).
Y si él pensó que nos libraba de esa mochila, de esa carga que él quizás llegó a sentir que era, no pensó que la mochila que llevan ahora nuestros hombros y toda nuestra alma es infinitamente más pesada que la que llevábamos antes. No puedo decir que la anterior no pesara (porque dolía tanto ver a una persona a la que tanto quieres vivir así) pero ésta hace heridas que nunca van a curarse.
Yo pensaba seguir luchando a su lado, (ojalá lo hubiera sabido hacer mejor). no soltarte nunca y aspiraba a su curación y a volver a disfrutar con él de la vida serena que tanto merecía. Sabía, como él me decía, que nos esperaba una etapa dura, pero yo le decía que lo íbamos a conseguir, y que cuando se curase iba a escribir un libro, a investigar, y ser un abanderado de la depresión, para ayudar a los demás.
Sería su misión.
Pero no pudo más.
Y ahora yo siento que soy su voz, y quiero gritar a los cuatro vientos que los enfermos mentales necesitan una mayor ayuda por parte de las administraciones, un mayor seguimiento, y una mayor comprensión por parte de la sociedad.
Ojalá dentro de unos años (más pronto que tarde) el suicidio se nombre como algo del pasado, y que las personas con esas ideas remen en la misma dirección, hacia la superación.
Pienso que si mi hermano hubiera superado ese momento de desesperación, podría haber vivido muchos más “momentos de atesorar” como nosotros los llamábamos.
yo ya sé que no podré sentir felicidad plena el resto de mi vida. Como me dijo una amiga, “es el precio que pagamos por querer tanto a alguien”.
Yo ahora atesoro más que nunca los recuerdos de momentos vividos con mi hermano, y quisiera volver atrás para suplicarle y decirle que mi vida sin él no iba a tener nunca el mismo sentido.
Que nos necesitábamos mutuamente, y que deseaba envejecer con él.
Poco a poco tendré que ir perdonándome y dejando atrás la culpa por no haber hecho más, por no haber estado ahí cuando me necesitaba. Sé que él sí que me ha perdonado, porque tenía un gran corazón, y sabía que lo quería con locura.
“José: danos fuerza desde donde estés, y ayuda en lo que puedas a esas personas que tienen ideas suicidas para que reconozcan que hay esperanza en esta vida, y que cuando se abandona ya no hay vuelta atrás.”
La vida está llena de luces y sombras, de cosas horribles y de cosas maravillosas.
No perdamos nunca la posibilidad de vivir esas cosas maravillosas. No perdamos la esperanza. No estamos solos, pensemos en todos los que nos necesitan y en el horror que se crea cuando se pierde a una persona de manera tan trágica.
Gracias a todos los que sufrís, por seguir ahí, por no perder la esperanza, por buscar ayuda.
Nunca dudéis de que pueden surgir momentos maravillosos aunque ahora todo lo veáis negro.
Si hace 30 años, en sus intentos autolíticos, mi hermano no hubiera sobrevivido, hubiera perdido la posibilidad de encontrar el amor de pareja (aunque terminase, fue bonito mientras duró), de conocer a sus sobrinas, a amigos maravillosos, viajes estupendos y miles de momentos felices que estaban por venir.
Ojalá hubiese pedido ayuda y ahora estuviésemos de la mano luchando por salir de ese pozo, del que se sale.
Daría lo que fuera por tenerlo de nuevo a mi lado. INCLUSO CON SU MIRADA TRISTE. Daba luz a mi vida y él quizás no lo sabía. Siento no habérselo dicho antes.