APUNTES PARA UNA PSICO(PATO)LOGÍA DE LA GUERRA
Alejandro Rocamora Bonilla
La guerra es un fenómeno complejo y como tal no permite una explicación simple. Desde la psicología ante la realidad de la guerra nos podemos hacer varias preguntas: ¿es evitable? ¿por qué se produce? ¿cuáles son sus consecuencias psicológicas? ¿cuáles son las pautas más saludables de afrontamiento psicológico?, entre otras.
La condición humana
A lo largo de la historia de la psicología muchos autores se han preguntado por la esencia del ser humano. Todos ellos han puesto de manifiesto esta doble condición: su bondad y su maldad, su agresividad y pacifismo, su característica de “muerte” y “de vida”, etc. Unos han primado su dimensión positiva y otros su dimensión negativa.
He aquí algunos ejemplos representativos: Fromm, inicia uno de sus libros (el corazón del hombre) con esta pregunta: ¿el hombre, lobo o cordero?; Hobbes, afirma que “el hombre es un lobo para el hombre”; Rousseau parte del hecho de que “el hombre nace bueno y la sociedad lo corrompe”, y V. Frankl al hablar de su experiencia en los campos de concentración nazis afirma que allí existían personas que eran ángeles y otros que eran demonios, incluso entre los guardianes.
Quizás el más explícito fue Freud que distinguió dos instintos o pulsiones: instinto de muerte e instinto de vida. Tendencias autodestructivas y tendencias que nos conducen al desarrollo y a la vida.
El propio Fromm (1975) distingue entre agresividad benigna y agresividad maligna. La primera se caracteriza porque es propia del mundo animal (pero también se produce en el ser humano), y se define por su carácter defensivo y desaparece cuando se neutraliza el peligro o la amenaza. Está, pues, al servicio de la vida, no de la muerte. Este tipo de agresividad favorece la vinculación con el entorno, la persona se hace como más presente y significativa, y evita la soledad afectiva (la incapacidad para la comunicación y la madurez), que es la que puede conducir a la propia autodestrucción.
La agresividad maligna, específica del ser humano, está representada por todas aquellas conductas que intentan hacer daño, no con la finalidad de defenderse o de autoafirmarse, sino simplemente por el placer de agredir, o porque se es incapaz de controlar los impulsos autodestructivos. Fromm señala dos formas de agresividad maligna claramente patológicas: el sadismo y la necrofilia. Esta agresividad maligna es la que está presente en la guerra.
¿Es posible evitar la guerra?
Es la pregunta que en 1932 Einstein formuló a Freud. La respuesta fue drástica y desalentadora: “las guerras entre los hombres son, en la práctica, inevitables”.
Aunque esto fuera cierto, no obstante, considero que, siguiendo el hilo argumentar de Freud, podríamos afirmar que en una sociedad que predominara el eros (amor) sería posible neutralizar la tendencia destructiva del ser humano. Es decir, cuanto más una sociedad sea solidaria, más comprensiva, más respetuosa con los otros, menos riesgo existe de que se produzca la guerra.
Luego el propio Freud matizó ese aserto referido al individuo, como se desprende de sus escritos. El ser humano - nos diría- tiene una doble energía del eros y el thanatos (vida y muerte). Son los dos raíles por donde camina la existencia humana. El descarrilamiento, la pérdida de la paz, se produce cuando ambas tendencias no están sincronizadas. El predomino o deficiencia de una de ellas producirá el sufrimiento humano y, en definitiva, la guerra personal o colectiva. Por el contrario, el hombre en paz será aquel que ha podido neutralizar las fuerzas destructivas con un desarrollo adecuado del “eros”, o bien, ha conseguido canalizar las pulsiones de muerte hacia conductas productivas y revitalizadoras.
Deshumanización de la guerra
Escribo estas líneas con el fogonazo de las imágenes de la guerra de Ucrania: mirada triste de los niños, mirada perdida de los ancianos, edificios en llamas, carreras, heridos y muerte, y la guerra Israel-Gaza, con niños muriendo de hambre.
Cada uno de los participantes de éstas, y cualquier guerra (atacante-invasor, defensor y espectador) se mueven por propósitos que los protagonistas consideran loables. Unos lo harán por conquistar un territorio que consideran propio, otros lucharán por venganza y un largo etcétera. El otro bando, lucha por no perder su identidad, sus bienes o su dignidad. Las motivaciones, como vemos, constituyen un amplio abanico, que a unos y otros justifican el empleo de medios violentos. Es evidente que el invasor siempre es el más responsable de una situación bélica.
Pero, tanto en un bando como en otro predomina el miedo (la posibilidad de perder la vida), la incertidumbre (no se sabe cuál será la resolución final) y todo ello amasado por una “pizca” de esperanza en la victoria.
Al contemplar las imágenes de la guerra de Ucrania y de Israel son guerras televisadas) me pregunto: ¿cómo es posible que el ser humano pueda llegar a esa barbarie? La respuesta es sencilla: en el fondo lo que la guerra representa es la deshumanización de la sociedad. Para ello, el ser humano necesita “cosificar” y “descalificar” al otro para poder destruirle. Si pienso que mi enemigo es un “perro árabe”, “un nazi”, “un invasor de mi país”, puedo justificar la barbarie. De ahí se llega a disparar a niños, ancianos o personas desarmadas. “No son personas”, “son cosas” que hay que destruir, se dicen.
Esto es lo que algún autor ha llamado la “disonancia cognitiva”. Así un soldado ruso puede pensar: “soy pacifista, pero voy a la guerra porque los ucranianos son unos nazis”. Aquí no importa tanto la verdad objetiva, sino la verdad que nos fabricamos para poder actuar, incluso en contra de nuestras propias convicciones. La narrativa que nos vayamos construyendo es la que proporcionará “la legitimidad” de nuestra acción.
Psicopatología y guerra
La guerra, toda guerra, es una experiencia traumática, tanto para los vencidos como para los vencedores. Nadie puede salir de una guerra sin ninguna tara. Incluso los espectadores del conflicto se pueden sentir “tocados” por la tragedia de los combatientes. Las personas, las naciones no son iguales después de la guerra. Pero está claro que los más afectados suelen ser los soldados que participan activamente y los ciudadanos que la padecen.
Así, en la 1ª Guerra Mundial, donde se vivió una guerra de trincheras, se habló de que algunos combatientes padecían “síndrome del corazón del soldado” o “choque de bombardeo” que se manifestaba por confusión, amnesia, cefalea, nerviosismo, pesadillas, temblores, mutismo, etc. En muchas ocasiones esos soldados fueron tachados de cobardes y fusilados.
Posteriormente, en la 2ª Guerra Mundial a las personas que padecían los anteriores síntomas se les diagnosticó de “neurosis de guerra”, y ya se fue más comprensivo con esos síntomas psíquicos e incluso se les ofrecía permiso con sus familias para su recuperación.
Tras la guerra de Vietnam apareció una enfermedad en los veteranos de guerra que se denominó Trastorno por estrés postraumático, que es el que figura actualmente en todas las clasificaciones psiquiátricas. Entre su sintomatología se encuentra: recuerdos angustiosos recurrentes, sueños angustiosos, evitación de escenas parecidas, amnesia parcial de lo ocurrido, irritabilidad, hipervigilancia, etc.
También en la población civil, que ha padecido la guerra, pueden aparecen problemas psiquiátricos sobre todo ansiedad y depresión y naturalmente también el Trastorno por estrés postraumático.
Y por último, en los que han tenido que abandonar su país (los refugiados de la guerra) puede aparecer lo que se ha llamado “el síndrome de Ulises”: es un síndrome de naturaleza psicológica que se caracteriza por un estrés crónico que viene asociado a la problemática de los emigrantes al afincarse en una nueva residencia. El nombre procede del héroe mítico Ulises el cual, perdido durante muchísimos años (diez según Homero) en su camino de vuelta a Ítaca, añoraba su tierra de origen pero se veía imposibilitado de volver a ella.
Clave
Los refugiados son personas que han sido forzadas a salir de su país y a vivir en una “tierra extraña”. Por esto, además de proporcionales las mínimas condiciones materiales de vida (vivienda, comida, atención médica, etc.) es necesario una “acogida cálida”, que les posibilite sentirse valiosos. A partir de esas premisas podrán ir desarrollando su “capacidad resiliente”, que les permita reconstruir su existencia. No será fácil, pero si posible. De esta forma, se podrá ir reforzando su “instinto de vida” y compensar “el instinto de muerte”.